Tras una larga caminata a pleno sol, un sudoroso y maloliente Tim llegó a las puertas de la ciudad de Kattak. Expulsó todo el aire de los pulmones mientras se agachaba poniendo una mano sobre la rodilla, a la par que aprovechaba para descolgarse la mochila del otro hombro. Recuperado a la sombra el aliento, y descargada su espalda del peso que había portado durante el largo camino, observó a su alrededor, y le preguntó a la primera viandante que se encontró sobre la situación de la taberna más cercana.
– ‘Sí, claro. La posada de la alianza’ -le respondió ella risueña. Se notaba que ella estaba descansada- ‘La tiene unos pocos cruces más adelante, girando a la derecha y luego a la izquierda. ¿Quiere que le acompañe?’.
Necesitaba una buena cerveza y un buen baño, y estaba cansado de caminar, así que aceptó la ayuda. Venía desde Ak’anon, de una sesión de trabajo con un joven gnomo. El enlace rápido de las palabras gnomas se le atragantaba al chico, hablaba despacio, tartamudeaba a veces, y le costaba trabajo alcanzar la velocidad de los de su quinta, lo que le causaba burlas. Los padres pretendían que, gracias a su ayuda, el chico fuera capaz de mejorar y coger la misma velocidad hablando que el resto.
La chica, amable, se acercó a él, frunciendo levemente las fosas nasales al ponerse justo a su lado, a pesar de lo cual no perdió la sonrisa. Lo agarró del brazo y lo guió hasta la taberna, donde se despidió alegre de él y le deseó buen día.
Una vez dentro, Tim solicitó una habitación y una jarra de cerveza enana hasta arriba, y se sentó en una mesa libre cerca de la ventana del sur. Se bebió más de la mitad de un trago y rebuscó por su mochila la hoja del informe de la sesión de hoy para rellenarla y quitarse eso de encima cuanto antes. Al levantar el brazo con la pluma y el tintero, de su axila le vino un olor rancio y desagradable. Sabía que necesitaba un baño, pero no pensaba que lo necesitaba tanto. El hedor se lo confirmó, se lo daría nada más que llegara a su habitación, sin perder tiempo. Apartó esos pensamientos de su cabeza y se puso a rellenar el informe para acabarlo pronto y subir a lavarse y descansar.
– ‘Señor Orato’. -oyó a su espalda de repente, y dió un sobresalto en la silla, casi manchando el documento con la tinta.
Cuando se dio la vuelta, vio a una sonriente humana que le miraba atento y le costó un instante reconocerla.
– ‘¡Xahera!, -exclamó al momento, elv abrazo de después habló por sí mismo, se conocían hace muchos años y habían sido buenos amigos, cariño que era visible que todavía perduraba.
– ‘¡Viejo amigo! ¿Qué te trae por aquí?’.
– ‘Vengo a descansar y a darme un bañito, que seguro que se puede oler mi sudor desde la puerta. Tengo una sesión mañana por la mañana con un soldado en la fortaleza, que por cierto, no sé dónde está. Tendré que madrugar mañana para buscarla’. -indicó radiante de felicidad.
Ella hizo un gesto con la mano para quitarle importancia y señaló al sudoeste a través de la ventana – ‘Es ese edificio grande de allí… Cuánto me alegro de verte. ¿Qué es de tu vida, muchacho?’. -replicó mientras se sentaba frente a él con una jarra de cerveza negra y una espléndida sonrisa en la cara.
Él miró por la ventana, observó bien el edificio y asintió con la cabeza para, seguidamente, girarse a mirarla. Estuvieron un buen rato poniéndose al día, tanto que se les hizo de noche. Cuando miraron alrededor, la taberna estaba ya casi vacía, y el tabernero estaba limpiando las mesas para empezar a recoger.
– ‘¡Roy!’ -gritó Xahera.
El tabernero se dio la vuelta y le hizo un gesto con la cabeza. – ‘¿Os siaco la cuenta, Xahe?’.
– ‘Acércate un momento. ¿Conoces a Timoteo Orato?’.
Roy dejó de limpiar la mesa y se acercó con la bayeta en la mano, mientras extendía la otra hacia el forastero. – ‘Encantado de conocierle, seeñor Orato’.
– ‘¿Has buscado algo de lo que hablamos el otro día, Roy?’
El tabernero negó con la cabeza repetidamente, bajando la mirada.- ‘No tengo tiempo, quierida. Estoy el día todo trabajando y no me da para biuscar nada’.
– ‘Tim es experto en habla y vocalización, Roy, puede ayudarte con las dificultades de dicción que me contabas. Además es de confianza, lo conozco desde que era así’.’ -explicó en susurros mientras ponía la mano plana a la altura de su cadera.
El hombre escudriñó al visitante un segundo y abrió los ojos un poco por la sorpresa, ruborizándose y mirando alternativamente a Xahera y a Tim.
– ‘Así es’ -confirmó el experto con soltura – ‘me dedico a esto profesionalmente desde hace unos cuantos años. Interpreto que usted está buscando ayuda con la pronunciación de algunas sílabas, ¿puede ser?’.
Roy bajó la voz, se ruborizó ahora del todo y asintió con la cabeza en un gesto a penas perceptible desde la distancia. Siguieron conversando durante un rato de las complicaciones de vocalización y de las posibles soluciones que podría ofrecerle el señor Orato en unas pocas sesiones, mientras el tabernero limpiaba todas las mesas, y concertaron una para dos semanas después.
El tiempo siguió pasando, y de vez en cuando Tim iba de noche a la taberna para ofrecerle una sesión de vocalización al tabernero, después de su jornada laboral. Tras varias sesiones, Roy ganó mucha confianza en sí mismo y la mejoría fue notable, tanto que se atrevió a contarle a la gente su nombre, cosa que hasta el momento no solía hacer por vergüenza al pronunciar la erre inicial.
Desde entonces, Roy, agradecido por su ayuda para mejorar su capacidad de habla, invita cada cierto tiempo a Tim y a Xahera a una ronda de su mejor cerveza, a puerta cerrada, en la que los tres aprovechan a descargar sus frustraciones del día a día y a contarse las peripecias y novedades que les van aconteciendo.
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