La joven demonista llamó a la puerta de los aposentos del líder de la Orden de D’hara. Una voz al otro lado la invitó a entrar.
Vali, Archiprelado de Seldar, Maestro Ritualista de la Orden de D’hara y Elegido de la Inquisición de Seldar, era el segundo hombre más poderoso del Imperio de Dendra. Sin embargo, la sala resultaba sorprendentemente austera, nada acorde a alguien de su posición.
—¿Qué se os ofrece, Lady… ?
—Lady Druella, Su Excelencia —respondió ella, inclinándose con una profunda reverencia—. Archivista.
Vali exhaló un suspiro cansado al escuchar el nombre y se pellizcó el puente de la nariz.
—Vuestro asistente me ha transmitido vuestra… invitación —continuó Druella—. No parecía opcional.
—No lo era. Acomodaos.
Vali apartó unos libros de la cama para hacerle sitio y después se sentó en una pequeña banqueta, de espaldas a la mesa de roble donde descansaba el poderoso Asmoranocalducalar. Sus páginas susurraban en un idioma ajeno a este mundo.
Druella se sentó entre las sábanas desordenadas. El carácter cercano de su líder era bien conocido por los miembros de la Orden… aunque no por ello la situación dejaba de ser algo… inapropiada.
—¿En qué puedo servirle, Su Excelencia?
—Evitemos las formalidades, Druella. El asunto que nos ocupa requiere que lo tratemos sin ambages.
—Como ordenéis… —Druella no estaba segura de hasta qué punto sería apropiado romper el protocolo— señor.
—La Inquisición me informa de que estáis llevando a cabo una investigación potencialmente herética. Sobre el demonio Anacram.
—¡Ah, sí! —respondió ella, dejándose llevar por el entusiasmo—. ¡Es fascinante! Llevamos siglos llamándole por el nombre equivocado.
Vali entornó los ojos y la miró unos instantes en silencio. El arrebato de Druella se congeló de inmediato y su mirada se posó en el suelo, sumisa.
—Comprended —dijo al fin— que tal afirmación es peligrosa. Anacram es una figura central de nuestra fe. El Lugarteniente de Seldar. La Eclesiarquía incluso consideró su canonización.
—En tres Concilios distintos. Pero el dogma inquisitorial no lo permite, por ser un demonio.
—Correcto. Por tanto, espero que tengáis una buena explicación para sustentar vuestra teoría.
Druella notó su garganta secarse y sujetó una mano con la otra, apretando con fuerza para contener sus nervios. No iba a permitir que el miedo le hiciese traicionar su deber con la verdad.
—Siempre nos ha intrigado que no responda a las invocaciones, y eso me hizo pensar…
—Se retiró al Abismo tras vencer al regente de Khiriss. Está recuperándose del combate, hasta que Seldar vuelva a convocarle con una nueva misión.
—Conozco la historia. Pero han pasado más de tres siglos y no fue destruido ni desterrado, debería poder responder.
—¿Y no se os ha ocurrido que quizás es demasiado poderoso para atender a vuestras invocaciones?
—No, señor. Bien sabéis que hemos convocado a entidades de poder semejante… con funestos resultados, por supuesto. Pero aún así responden. Las leyes de la demonología les obligan.
Vali la observó con frialdad.
—Lady Druella, si lo único que sostiene vuestra hipótesis es que Anacram no responde, pronto conoceréis el calor de las hogueras de la Inquisición.
—No es solo eso —respiró hondo—. Descubrí que en el Templo de Ankhalas solían conocerle como ‘Anjracam’.
—Una deformación de su dialecto local. Irrelevante.
—Luchó junto a ellos en la Guerra de las Mil Lágrimas. La deformación del nombre es nuestra.
—Nuestras crónicas del Cataclismo son anteriores. Cuando luchó en Celiath, dos siglos antes, ya se le llamaba Anacram.
—Están equivocadas, señor.
El cambio en el tono de Vali fue inmediato.
—No seas impertinente, chiquilla. Yo mismo transcribí la versión que se distribuye en las escuelas del Imperio, basándome en los escritos de los primeros historiadores que registraron aquellos sucesos. ¿Osas cuestionar mi caligrafía o mi juicio?
—Nuestros historiadores redactaron esos textos décadas después. Tengo el texto original que usaron como fuente: el Diario de Lord Elvereth. Nuestras crónicas se basan en el relato de alguien cuyo nombre ha perdurado en la memoria popular durante dos eras por su… dislexia.
Uno de los eventos más infrecuentes de Eirea tuvo lugar: el Archiprelado de Seldar palideció, por un breve instante. La mención de Elvereth y su… ‘peculiar’ relación con las letras era una puñalada directa a su orgullo académico.
—Ese diario… —comenzó Vali con un tono de voz gélido— se consideraba perdido. ¿Me estáis diciendo que habéis tenido en vuestro poder una fuente primaria de la historia del Cataclismo y la habéis usado para buscar… faltas de ortografía?
—Lo he usado para buscar la verdad, señor —replicó Druella, sacando un pequeño libreto de papiro ajado—. Mirad el trazo: creo que intentó escribir…
Hizo una pausa.
—Anghrakam.
El susurro pareció absorber la luz de la estancia.
—Ahí podría poner cualquier cosa, Druella. Como habéis señalado, la escritura de Elvereth no es fiable.
—Por eso no me limité a eso, señor. Pregunté al demonio Rogahortharminathar si ese era el nombre correcto.
Vali soltó una risa seca, carente de humor.
—No sé si sois la archivista más audaz que ha parido esta Orden en un siglo… o la más insensata. ¿Y qué os respondió el Emisario del Plano Abismal?
—Que nuestras lenguas son de trapo. Que llamar ‘Anacram’ al Lugarteniente de Seldar es como llamar ‘gatito’ a una bestia desplazadora. Pero cuando pronuncié…
Druella tragó saliva.
—Anghrakam.
El aire de la sala se volvió más pesado.
—Se calló, señor. Es la primera vez que le veo callarse.
El rostro de Vali se tornó sombrío mientras murmuraba un hechizo. Las paredes vibraron y la estancia quedó sellada.
—Si eso es cierto, Druella… cambiar el nombre en los registros oficiales sería reconocer que el Imperio lleva siglos equivocado. Debería silenciaros y olvidarme de este asunto. Pero si el nombre es la llave, y la llave ha estado mal forjada…
—Me temo que no he sido muy discreta con mi descubrimiento… —respondió Druella sin apartar la mirada—. A estas alturas, silenciarme sería inútil…
Vali se acercó a ella con una parsimonia aterradora. La luz de las velas, distorsionada por el sello mágico, hacía que sus facciones parecieran talladas en obsidiana.
—¿Quién más lo sabe?
—Algunos investigadores de la Orden, señor, pero… para restaurar el diario recurrí a unos eruditos de Anduar. Y si la Inquisición ya se ha enterado…
Vali soltó un gruñido de maldición. Se dio la vuelta y golpeó con el puño la mesa de roble.
—Me habéis forzado la mano, Druella. Sospecho que media Orden de D’hara está murmurando ya el nombre de Anghrakam en sus celdas, que alguien intentará invocarle antes de que acabe la semana. Y en cuanto esto se haga público, la Inquisición empezará a cortar cabezas por herejía…
Se interrumpió, tomando una decisión pragmática.
—Declararé, como Archiprelado de Seldar, que hemos recuperado esa información a través de una revelación divina.
Druella parpadeó.
—¿Señor?
—El nombre de Anacram fue un subterfugio. Un velo que Seldar puso sobre nuestros ojos hasta que llegara el momento de despertar a su Lugarteniente. Y ahora, por fin, nos ha concedido la revelación.
La miró con intensidad, juzgando si debía permitirle vivir.
—Pero, señor, la gente sabrá que fue mi investigación…
—Nuestra investigación, de la Orden de D’hara, es la forma en que el Dios del Mal ha obrado su milagro.
Vali extendió la mano.
—Entrégame el diario. Si vamos a reescribir la historia de Eirea, más nos vale que la nueva verdad sea incuestionable.
El Archiprelado sostuvo el diario desvencijado como si pesara más que el propio mundo. Después, alzó la vista hacia la demonista.
—Vuestro talento se está desperdiciando en el Archivo, Druella. Me encargaré de que se os asigne un destino más… acorde.
Las páginas del Asmoranocalducalar susurraron con renovada intensidad, como agitadas por una oleada invisible de energía abismal. En algún lugar, el Verdugo de Naggrung había escuchado, por primera vez en siglos, su verdadero nombre.