Ysdale Dou`Skaith.
El Semi Drow despertó, levantando la cabeza de entre los brazos. En lo alto, la luna estaba llena, pero no era más que un fantasma errante entre los pinos y cedros de la montaña. El resto de sus congéneres dormía.
Sólo él tenía el toque de… no sabía qué. Los Drows no sienten tristeza. Ni siquiera por ellos mismos.
Se levantó y llevó a cabo el ritual de prepararse para la lucha, para después andar silenciosamente hasta una corriente formada por el desbordamiento de un lago en lo alto. Tenía la anchura justa para reflejar el cielo en la superficie.
Desde la muerte de ella…no, desde que la mataron, él se despertaba todos los días a aquella hora, una hora en la que todo los demás duerme…recordando.
La noche tiene sus propios ritmos, ritmos que resuenan en la carne, en la sangre, en los huesos de las criaturas de la tierra. Sólo el Hombre los ha olvidado, ha olvidado que alguna vez tuvieran importancia.
Pero para el semi drow, llegaban como recuerdos, recuerdos que no eran suyos, fragmentos de un sueño. Tocaba una consciencia inmortal tan vieja como la vida, la experiencia de una criatura todavía ignorante de sí misma y por tanto inmortal. La primera Yver Adhras, nadando en la columna de agua del mar.
En aquel momento de la noche, interrumpió las flexiones de su musculoso cuerpo y se sumergió en un trémulo resplandor de luz de luna.
Él, el mitad drow,, comprendió que había tenido lugar una catastrófica disrupción de su consciencia, privándole del derecho de nacimiento transmitido por aquella primera soñadora del océano.
Su rostro quebró la imagen de la luna en el agua tal como la pena había roto su sueño.
En lo alto, las nubes de paso ocultaron la luna. Cerca de la presa cobrada, sus familiares dormían en silencio y sin sueños.
El aire a su alrededor era frío. Estaban a finales del otoño, casi de nuevo en invierno, pero el sentía un fuego en su interior… un fuego que el viento q soplaba desde los glaciales de los pasos de la montaña no podían apagar. Un fuego que calentaba su piel bajo la pesada armadura de la guardia de Keel.
¡Fuego! Eran criaturas de fuego. Y el fuego las seguía a todas partes. El olor a quemado impregnaba siempre el aire en torno a sus moradas. Tierra, aire , fuego y agua. Todos los seres vivos de Eirea participaban de aquellos elementos.
Cuando su especie se encontró por primera vez con los humanos en la oscuridad y la lucha del invierno del mundo, controlaban las llamas, extinguiéndolas y animándolas a voluntad, su única ventaja en la despiadada batalla por la simple supervivencia contra el frío y la omnipresente noche. Por lo demás, eran cosas desnudas y patéticas.
Recordó lo que ella decía… lo que le había dicho: el fuego era un regalo de los dioses.
Él se había reído de la idea de regalo de los dioses. Ya había visto bastante de los Drows como para saber que robaban y saqueaban sin consciencia ni escrúpulos, y leían en la mente de los dioses lo que querían para ellos. La adoración y sumisión de los débiles, y órdenes arbitrarias por parte de quienes se situaban en posición de gobernar a su propia especie.
– Un regalo- había dicho él-. ¿Robado, quizá?
– Quizá – contestó ella encogiéndose de hombros -. Los ladrones fueron escarnecidos por su robo, porque , como siempre, el poder es una espada de doble filo.
Pero el poder, pensó el Drow junto a la corriente, sea cual sea su coste es vida. Sin el robo su especia no hubiese sobrevivido a aquel interminable invierno de antaño, extinguiéndose como tantas otras.
El humano estiró los brazos hacia arriba, como si fuese a abrazar la luna, en el momento en que la nube pasaba
Quedó teñida de plata en los bordes por el resplandor.
Después la luz brilló en su rostro. Se preguntó qué querían realmente los dioses. Ella, cuyo toque le daba el poder de cambiar de Drow a hombre y de hombre a Drow. Parecía despreocupada por la adoración y nunca había pedido agradecimiento.
Y, de hecho, él ni siquiera sabía si debía estarle agradecido, pues, como el fuego, aquel regalo llevaba consigo sufrimiento y dolor. Era un regalo adornado por un cruel conocimiento y una consciencia de absoluta pérdida.
Entonces fue Drow de nuevo, alegrándose de haber dejado de lado una comprensión de la vida que de momento no deseaba.
Recordaba fuego, y sólo fuego… aquel espíritu, aquella eterna ambigüedad que podía proteger, crear y destruir.
Y el semi drow partió. La única criatura despierta en un mundo dormido.
Ser consciente, y saber de aquella consciencia, era una maldición que le roía poco a poco… una maldición que debía ser extinguida con sangre, fuego y venganza.
¿Cómo sabía quién era el humano? Lo había visto. ¿Por qué estaba seguro de su culpa? Para el Drow, aquello hubiese sido una pregunta ridícula. Lo había olido, con una certeza que no podía negarse… el olor de la culpa que está más allá de la resolución, o la ira, o el miedo.
Incluso su más antiguo ancestro, nadando en aquel primer mar, había visto, había sabido. Y en alguna parte, su rudimentaria consciencia había podido almacenar la información presentada a sus sentidos.
Los humanos, en su ceguera, piensan que la inteligencia tiene un único camino: ¡el suyo!, pero su cerebro- más viejo y sabio – sabe que el conocimiento tiene muchas rutas y facetas.
Ninguno de nosotros es una sola cosa. No más de lo que es un arbusto, un árbol o incluso una mala hierba. Somos una combinación de muchos factores, formas, tamaños, olores, movimientos, hábitos. Cada uno chocando con las consciencias de otros… de otros a los que nunca vemos.
Así que el Drow conocía a aquel hombre. Se había fijado en él, como en aquellos otros, en la hora entre el día y la noche, en el lugar que no era ni agua ni tierra, sin imaginar su propósito hasta que fue demasiado tarde. Demasiado tarde para detener su tarea. Una tarea que su mente, como Drow o como humano, nunca podría comprender o, siquiera perdonar… ni en el año que había pasado, ni nunca.
Ahora el hombre en cuestión había visto su rastro cerca del curso del agua que pasaba junto a su casa y estaba de guardia.
No era el único hombre cuya culpa había sentido, visto y olido el Drow. Pero los otros no habían sospechado que estaban siendo cazados y habían caído fácilmente en su trampa. Éste satisfacía al Drow al sufrir más que los otros.
Así que había prolongado deliberadamente el acecho durante varios meses. Era el momento de ver quien sería el ganador en aquel desafío de voluntades.
El Semi drow se movió en silencio por una desconocida senda, a través de Bosque Negro hacia tierras mas trabajadas. La noche avanzó con él. La tierra dejó ir su calor. El aire se quedó quieto, y el rocío empezó a condensarse en la hierba y los arbustos. Los Caballeros de Aldara dormían, con la barriga llena o vacía igual q sus presas. Nada se movía a aquella hora. El Drow bajó la mirada hacia el casa. Era una casa redonda, con el tejado de forma cónica. Había un granero de forma parecida a la casa, pero más pequeño y abierto por todos los lados. Cerca estaba el objetivo del Drow, un corral de ovejas hecho de finas tablas.
La casa y el granero estaban al borde de un campo de maíz que llevaba hasta una corriente, otro pequeño tributario del río en la garganta. El sirviente del Capitán de la Orden de… había empezado a llevar las ovejas al interior para la noche.
El semi drow se acercó al campo de maíz. No le ofrecía muchos escondrijos. Las espigas eran a penas lo bastante altas como para rozar su vientre. Los jirones de niebla entre las raquíticas mazorcas humedecían la armadura del Drow al pasar entre ellas. La tierra desnuda entre las hileras estaba fría bajo sus pies.
Se agachó al acercarse a la zona más próxima a su objetivo, deslizándose por le suelo como un espíritu entre las sombras, pareciendo un poco de polvo movido por el viento a través de los surcos. Pero un observador atento hubiese notado que no había viento en aquella oscura hora antes de amanecer.
Un soldado del tamaño de un minotauro dormía apoyado contra un poste mientras montaba guardia.
Estas tan confiado que te has dormido, pensó el semi drow. Que melón. Yo no dormiría conmigo cerca. Bueno… no despertarás. El gigantesco soldado no llego a hacerlo.
Las ovejas, sacadas de su sueño por el semi drow intentaron huir en todas la direcciones a la vez. Dos de ellas atravesaron las paredes, y el corral se desintegró. Los aterrados animales salieron disparados por el patio y por entre el maíz. Un viejo carnero intentó hacer frente al semi drow, que flanqueo los cuernos bajados ye intentó embestir al semi drow, fue su última embestida. El semi drow hizo una pausa y se quedó de pie en el patio. Una de las ovejas empaladas en la estructura del corral en ruinas alteraba la noche con sus gritos de angustia. Otra colgaba muerta a su lado.
Una luz se encendió en la casa circular. Dentro una mujer comenzó a gritar maldiciones e insultos. El semi drow espero. Les costaría un rato hacer acopio de valor.
Unos pocos segundos después, un hombre salió a la carga, con una lanza en una mano y una antorcha en la otra. Otros dos, armados con espadas, le siguieron con más cautela. El primero, el laureado capitán, lanzó una mirada de horror al soldado muerto, después el corral derribado y por último al semi drow sentado tranquilamente ante ellos.
Cargo contra el asesino, lanza en alto
El semi drow se incorporo, se dio la vuelta, desvaneciéndose en la oscuridad, como una nube de polvo llevada por el viento.
El capitán, irracionalmente furioso, le persiguió por el campo de maíz… seguido aunque más despacio por los otros dos.
– volvamos a la casa- oyó el semi drow que susurraba uno de ellos- Se ha marchado podemos buscarlo mañana a la luz del día.
El semi drow se escondió expertamente, entre las mazorcas de maíz, y avanzó. Estremecido, el capitán alzó la antorcha y sujetó mejor la lanza. Su transpiración hacia que la tosca madera fuese resbaladiza. Podía sentir el sudor en la frente y los sobacos. No veía a sus dos compañeros, sólo un circulo de oscuridad más allá de la luz de la antorcha.
Vadeó el mar de maíz amarillo y maduro. Las mazorcas se agitaban, emitiendo un suave rumor bajo el viento del amanecer. ¡Dioses! ¡Dioses! ¡no! No había viento: el aire estaba inmóvil por completo. El semi drow le golpeo alto, entre las paletillas, Un par de cimitarras manejadas con increíble destreza y precisión le cortaron el hombro y el brazo izquierdo mientras caía… el brazo que sostenía la antorcha.
Vio que la antorcha escapaba de su mano, volando libre hasta caer a unos tres metros de distancia. Tuvo pocos segundos para reparar en que el maíz estaba seco como la yesca…
El semi drow se detuvo en la ladera y echó una mirada al terrible espectáculo que dejaba atrás. El hombre sobre el que había caído ya no luchaba: era una forma ennegrecida yacente en un mar de fuego. Uno de sus cobardes seguidores estaba envuelto en llamas y corría locamente por los campos, ayudando a propagar el incendio. El tercero había escapado. Él y la otra mujer de la casa sujetaban a la esposa del capitán de la milicia de Takome, impidiendo que se lanzase frenética e inútilmente a su muerte.
Ya más cerca de los árboles, el semi drow volvió a mirar atrás. Los campos de maíz eran un lago de fuego. La casa también había sido alcanzada, y la madera alimentaba la columna de humo que se elevaba en el cielo. Incluso los manzanos y el huerto de membrillos ardían, pues el maíz había sido plantado en hileras entre los árboles. No hubo supervivientes humanos aquella noche.
Y el epilogo…