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LA SEPTIMA MUERTE
Robarle a un muerto no es robar.
Para quitarle algo a alguien, primero esa persona tendría que seguir necesitándolo, digo yo. Un cadáver no va a necesitar una espada ni unas monedas. Así que no es un robo: es aprovechar recursos. Queda mucho mejor dicho.
Al humano me lo encontré doblado contra el tronco de un árbol. Tenía la cabeza torcida en un ángulo raro y un boquete feo en el pecho. Apestaba a llevar ahí un par de días. Llevaba una armadura hecha trizas que no me servía de nada, un espadón casi más grande que yo y unas botas gigantescas. Le pasé la mano por las bolsas y los bolsillos. Vacío.—Vaya miseria… Muerto y arruinado.
Fue entonces cuando me fijé en su mano izquierda: la tenía apretada contra las costillas, hecha un puño de piedra. Tuve que meter la punta del puñal para hacer palanca y abrirle los dedos. Dentro había una moneda negra. Pero negra de verdad, no como ese hierro oxidado que te encuentras a veces. La sopesé. Parecía tragarse la luz a su alrededor. Sin caras, sin letras, solo seis muescas pequeñas grabadas en el borde. Reconozco que me dio mala espina. También reconozco que me la guardé. Soy Gnal, ladrona de profesión; tampoco voy a ponerme digna ahora.
Seguí pateando camino hasta que anocheció y di con una cueva pequeña. Monté una fogata, cené y saqué la moneda para mirarla a la luz. La puse cerca del fuego. Nada, ni un maldito brillo. La giré varias veces entre los dedos y era como sostener un agujerito de noche pura. Pensé que igual esa rareza valía una pasta y, la verdad, me vine arriba. La acerqué aún más a las llamas y de pronto vi mi reflejo en el metal oscuro: las orejas puntiagudas, los ojos, las coletas, los dientes. Sonreí. Preciosa. La moneda, digo… aunque yo tampoco estoy nada mal, las cosas como son.
Me la guardé y me tumbé. Dormir sola nunca me ha quitado el sueño. Cuando te tiras media vida de un lado para otro aprendes a dormir donde caigas y, con suerte, amaneces con todas tus cosas.
Estaba a punto de quedarme frita cuando escuché el golpe.
Clin.
Abrí los ojos. Había una moneda negra tirada junto a las brasas. Lo primero que hice fue meter la mano en la bolsa: mi moneda seguía allí. Me quedé un rato mirando las dos. Bueno, si la cosa iba de eso, a lo mejor acababa de dar con el negocio de mi vida.
Me agaché a coger la del suelo.
Clin.
Otra cayó a mi espalda. Tres. Ahí el asunto empezó a hacerme bastante menos gracia.
No sé en qué momento me quedé dormida —si es que me dormí del todo—, pero de repente estaba de pie en un sitio completamente negro. Sin árboles, sin cielo y sin suelo que pudiera ver. Apenas distinguía mis propias manos.
—¿Hola?
Silencio.
A lo lejos vislumbré algo. Una figura. No distinguía qué era, solo que estaba allí parada y que me tenía clavada la vista. No sé cómo sabía que me miraba si ni siquiera le veía la cara, pero lo sabía. Di un paso atrás. Nada. Otro paso. Tampoco.
Y me desperté de golpe.
La fogata estaba apagada y alrededor de mis piernas había seis monedas negras. Las conté dos veces: había cogido una del fiambre y ahora tenía seis. Muy normal todo.
Toqué la primera y me vino el recuerdo de morir. No la historia completa, solo ese instante horrible en el que el cuerpo te dice «hasta aquí has llegado» y sabes que no hay vuelta atrás. Luego, oscuridad.
Solté esa y agarré otra. Otra muerte distinta.
Con la tercera pasó lo mismo. Yo ya he palmado unas cuantas veces en esta vida, cinco seguro, puede que seis. Cuando te matan tanto pierdes la cuenta. Además, lo importante no es morirse, sino levantarse otra vez. Yo siempre lo había visto así.
Toqué la sexta. Volvió la negrura, pero esta vez la figura estaba ahí. Mucho más cerca.
Solté la moneda como si quemara.
—A ver.. esto ya no me mola nada.
Desenvainé el puñal y me quedé esperando.
—¿Eres la Muerte o qué? —solté mirando al fondo de la cueva—. Vas a tener que currártelo más. Gnal ya ha palmado antes.
Una voz me contestó al oído:
—No.
Pegué un brinco.
—¿Quién anda ahí?
—Has vuelto antes.
Miré a todas partes, pero no había nadie.
—Pues me da igual.
—No te da igual —sonó justo detrás de mi nuca.
Me giré dando un tajo al aire con el puñal. Nada. Solo aire.
Decidí pirarme. No por miedo, obviamente; simplemente me pareció que tenía cosas bastante más interesantes que hacer en cualquier otro sitio antes que quedarme a hablar sola en una cueva.
Caminé durante horas. Con el sol fuera, todo aquello empezaba a parecerme una paranoia.
Entonces sonó una rama a mi espalda.
Crac.
Me quedé clavada en el sitio. Silencio. Di dos pasos más.
Crac.
Aceleré el paso y los chasquidos se aceleraron conmigo. Así que hice lo que mejor se me da: desaparecer. Me escurrí entre los matorrales y contuve la respiración. Por algo me llaman la Sigilosa de las Sombras. Si alguien me venía siguiendo, ahora sería yo quien lo vería pasar.
Esperé un buen rato. Nadie. Cuando me decidí a salir no había ni una sola huella que no fuera mía, pero en mitad del sendero había una moneda negra. Un poco más atrás, otra. Y otra. Marcaban un camino directo hacia donde venía. De vuelta a la cueva.
—Ni de coña.
Di diez pasos hacia delante. Me detuve. Miré atrás.
—Que he dicho que ni de coña.
Y di media vuelta. Solo para investigar, que quede claro.
Llegué cuando el sol ya se estaba escondiendo. El reguero de monedas se metía hacia el fondo y encontré la última justo encima del sitio donde me había tumbado a dormir. La recogí. Esta tenía algo grabado.
GNAL.
—Vaya, al menos te sabes mi nombre.
Le di la vuelta.
VUELVE.
—Que ya he vuelto, pesado.
La voz retumbó desde el fondo de la gruta:
—Aquí no.
Y la luz se apagó de golpe.
De nuevo aquel vacío negro. Pero esto ya no tenía pinta de sueño. Esta vez me acordaba: yo había estado en este sitio cada vez que me habían matado. La primera vez vi a esa cosa lejísimos y no le hice caso. La segunda estaba más cerca. La tercera ya le distinguía la silueta y, en la siguiente, sabía que me estaba observando. ¿Cómo se me había podido olvidar algo así?
Noté la presencia a mi espalda. No quería girarme —y ya es raro en mí, porque normalmente prefiero ver lo que intenta degollarme—, pero al final lo hice.
Era altísima y seca como un sarmiento. Llevaba una especie de túnica que no parecía de tela, sino como si la sombra del fondo de un pozo se hubiera apelmazado para darle forma. Y no tenía cara.
—¿Qué eres? —pregunté.
Nada.
—¿Un demonio?
Silencio.
—¿Un humano?
La criatura ladeó la cabeza.
—Vale, vale, tampoco te ofendas.
Dio un paso hacia mí y yo di otro hacia atrás. Saqué el puñal.
—He tumbado a bichos el doble de grandes que tú.
Dio otro paso.
—Bueno.. a alguno.
Otro.
—Y a lo mejor llevaba compañía, pero eso no viene al caso.
Intenté ocultarme entre las sombras del lugar y entonces me entró miedo de verdad: no pude. Las sombras no me obedecían. La criatura caminó en línea recta hacia donde intentaba esconderme. Me veía perfectamente.
Ya que esconderme no servía, me tiré a por ella y le clavé el puñal en el pecho.
Al atravesarla vi algo que ojalá pudiera no ver. Era yo. Mi propio cadáver tirado en el suelo. Y detrás, otro. Y otro más. Había varias Gnals muertas delante de mí, una por cada vez que me habían matado. Y esa cosa había estado presente en todas. En la primera, al fondo. En otra, mirando. Luego más cerca. En la penúltima estaba agachada junto a mi cadáver. Y en la última no la vi por ningún lado… hasta que me fijé en la sombra de mi propio cuerpo: estaba dentro.
Se me cayó el puñal de los dedos.
—Cada vez que me matan…
—Me acercas —dijo la voz.
—¿Por qué yo?
No dijo nada. Levantó la mano y me enseñó seis dedos largos y deformes. No sabía si hablaba de mis muertes o de mis regresos, pero entonces caí en algo que jamás me había planteado.
Yo siempre me había preocupado por salir adelante. Cuando no tienes dónde caerte muerta, seguir respirando un día más ya es ganar; y cuando me mataban, despertar de nuevo significaba que les había vuelto a ganar el pulso. Pero nunca me pregunté qué pasaba entre una cosa y la otra. Mientras estaba muerta.
Y mucho menos si, al volver, volvía sola.
Por primera vez en mucho tiempo me entró miedo de verdad. No a morirme —eso ya me lo conocía de memoria—, sino a lo que podía traer conmigo al regresar.
Desperté en la cueva. Era de día.
Me puse de pie de un salto, busqué las monedas y no había ni una. La criatura tampoco estaba. Mi puñal seguía en el suelo. Miré en las bolsas: todo en su sitio.
Esperé un buen rato. Silencio.
—Ja.
Nada.
—¡JA!
Nada de nada.
Sonreí. Otra victoria para la cuenta de Gnal. Bueno, quizá llamarlo victoria era venirse arriba, pero yo estaba viva y esa cosa no estaba. A mí me valía.
Antes de salir eché un vistazo a la pared de la cueva. Mi sombra se proyectaba contra la piedra. Durante un segundo me pareció demasiado alta, estirada de más. Parpadeé y volvió a su tamaño normal. Decidí no comerme la cabeza y me fui.
Esa noche encontré un sitio decente para acampar. Comí, me eché un trago y decidí escribir todo esto en el cuaderno. Si alguien encuentra estos papeles, que sepa que Gnal se vio las caras con una abominación del otro lado y vivió para contarlo.
Abrí el diario.
Había algo escrito.
Con mi propia letra.
Eso fue lo que me heló la sangre. Yo no recordaba haber tocado la pluma.
La primera línea decía:
«La primera vez solo te vi.»
Me quedé mirando la hoja. La tinta empezó a aparecer debajo, despacio, como si una mano invisible escribiera desde el otro lado del papel.
«Después tú también me viste.»
Me puse en pie de un brinco. Otra frase:
«Luego pude seguirte.»
Eché mano al puñal.
«Después ya estaba lo bastante cerca para encontrarte.»
Miré a mi alrededor. Nada. Las letras siguieron apareciendo.
«La última vez no me quedé allí.»
Se me cortó la digestión de golpe. Justo debajo apareció:
«Volví contigo.»
Entonces entendí las seis marcas.
Y por primera vez desde que empezó todo aquello deseé haber dejado la maldita moneda dentro de la mano del muerto.
Escuché el golpe detrás de mí.
Clin.
Ni me molesté en girarme.
Clin.
Otra moneda.
Miré la pared del refugio. Mi sombra seguía allí, proyectada por la hoguera. Yo sostenía el puñal con la derecha. Mi sombra lo tenía levantado en la izquierda.
Di un paso atrás.
La sombra no se movió.
En el papel apareció una última línea:
«No hace falta que mueras una séptima vez.»
La tinta se detuvo. Pensé que había terminado.
No.
«Esta vez voy yo.»
Levanté la cabeza muy despacio y me quedé mirando la pared. No me moví. Mi sombra tampoco.
Al menos durante los primeros tres segundos.
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Ninhus Bravus.
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