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    • korog
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      —Cierra un poco más —susurró Sammor, mirando hacia la calle sin atreverse a asomarse del todo—. De verdad, Iren.
      Iren empujó la ventana hasta dejar apenas una rendija.
      —¿Así?
      —Así. Y baja la voz.
      Se quedaron quietos unos segundos, como si esperaran confirmar que nadie había oído el roce de la madera. Afuera, Takome seguía en ese silencio raro, tenso, como si toda la ciudad estuviera conteniendo la respiración.
      Un golpe seco sonó a lo lejos.
      Iren apretó la mandíbula.
      —Otra vez.
      —No digas nada alto —insistió Sammor—. Ni nombres si puedes evitarlo.
      Iren lo miró de reojo.
      —Entonces no podemos hablar de nada.
      —Podemos hablar… con cuidado.
      Iren soltó una exhalación breve.
      —Se llevaron a Darek esta mañana.
      Sammor asintió, serio.
      —Lo sé.
      —No me jodas, Sammor —murmuró Iren—. ¿Darek? ¿En serio?
      —Baja la voz —cortó él de inmediato, tenso—. ¿Quieres que nos oigan?
      Iren miró instintivamente hacia la puerta antes de continuar, más bajo.
      —Darek arregla cerraduras. No conspira contra nadie.
      —Tiene acceso a herramientas, a piezas —replicó Sammor—. Podría fabricar cosas.
      —O hacer su trabajo, que es lo que lleva haciendo media vida.
      Sammor apretó los labios.
      —También se llevaron a Meira.
      Iren dejó escapar una risa muda.
      —¿Qué coño dices, Sammor? ¿Meira? Es maestra.
      —Precisamente —respondió, aunque su voz vaciló un instante—. Escucha a los niños, sabe cosas de muchas familias…
      —Eso no es una red de espionaje, eso es vivir en un barrio.
      Un murmullo de pasos pasó por la calle. Ambos se callaron al instante hasta que desapareció.
      —Y Orven —añadió Sammor, aún más bajo.
      Iren lo miró, incrédulo.
      —¿Orven? Si apenas puede subir las escaleras.
      —No necesita correr para estar implicado.
      —Claro —susurró Iren, con amargura—. Una conspiración dirigida desde un banco en la plaza.
      Sammor no respondió.
      —También Halven —continuó—. El de la fruta.
      Iren negó lentamente.
      —Esto ya no tiene sentido.
      —Tiene sentido si hay algo grande detrás.
      —Tiene sentido si decides que todo lo tiene —replicó Iren.
      Desde dentro, un leve crujido. Saren apareció en el umbral, con el rostro somnoliento.
      —Otra vez hay golpes…
      Iren se giró hacia ella de inmediato.
      —Vuelve a la cama.
      —¿Se han llevado a alguien más?
      El silencio fue respuesta suficiente.
      La niña dudó.
      —Darek arregló nuestra puerta…
      —A la cama, Saren —repitió Iren, más suave.
      Esta vez obedeció sin insistir.
      Cuando desapareció, Sammor habló casi sin voz.
      —No debería escuchar estas cosas.
      —Pero las escucha —respondió Iren—. Igual que todos.
      Un golpe más cercano los hizo mirar a la puerta.
      —Escucha —dijo Sammor, tenso—. Si de verdad hay una red de Dendra, no estamos hablando de cuatro nombres. Estamos hablando de algo extendido. Oculto.
      —¿Y eso justifica esto?
      —Puede que sí.
      Iren lo miró fijamente.
      —¿Puede?
      Sammor dudó.
      —Es la única forma de asegurarse.
      Iren negó despacio.
      —Eso no es asegurarse. Es arrasar.
      Un silencio pesado cayó entre ellos.
      —¿Y el Cruzado Supremo? —preguntó de pronto Iren, bajando aún más la voz—. ¿Dónde está en todo esto?
      Sammor frunció el ceño.
      —Está en la guerra. Ya lo sabes.
      —Siempre está en la guerra —replicó Iren—. Pero esto está pasando aquí.
      —La seguridad interna no depende directamente de él —respondió Sammor—. Está delegada.
      —¿En quién?
      Sammor negó con la cabeza.
      —No lo sé. Y prefiero no saberlo.
      Iren soltó una risa seca.
      —Conveniente.
      —Realista —corrigió Sammor—. No puede estar en todo.
      —Pero podría decir algo —insistió Iren—. Una sola palabra.
      Sammor no respondió.
      —¿Y la reina Priis? —añadió Iren—. ¿También está demasiado ocupada para ver esto?
      Sammor bajó la mirada.
      —No sabemos lo que sabe.
      —Sabemos lo que no dice.
      El silencio volvió, más denso.
      Afuera, pasos. Se detuvieron un instante cerca. Ambos contuvieron la respiración. Luego siguieron de largo.
      —No quiero que nos oigan —murmuró Sammor, apenas moviendo los labios—. Ni esto, ni nada.
      —Ni yo —respondió Iren—. Pero míranos.
      Sammor levantó la vista.
      —¿Qué?
      —Tenemos miedo de hablar en nuestra propia casa.
      Sammor cerró los ojos un segundo.
      —Tenemos miedo de lo que hay ahí fuera.
      —No —dijo Iren—. Tenemos miedo de lo que están haciendo ahí fuera.
      Sammor no contestó.
      —Dices que es necesario —continuó Iren—. Que es el precio.
      —Si con esto encuentran a los culpables…
      —¿Y si no? —lo interrumpió Iren—. ¿Cuántos más? ¿Cuántos “podría”?
      Sammor apretó las manos.
      —No lo sé.
      Iren lo sostuvo con la mirada.
      —Ese es el problema.
      Un golpe lejano volvió a resonar.
      —Darek, Meira, Orven, Halven… —enumeró Iren en un susurro—. Nombres reales. Personas reales.
      Sammor tragó saliva.
      —Y si entre ellos hay uno que sí…
      —Entonces lo están enterrando bajo todos los demás —replicó Iren.
      El silencio se alargó.
      —Si el Cruzado Supremo estuviera aquí… —empezó Sammor, pero se detuvo.
      —¿Qué? —preguntó Iren.
      Sammor negó levemente.
      —Nada.
      —No —insistió Iren—. Dilo.
      Sammor dudó, luego habló en voz casi inaudible.
      —Quiero creer que pondría un límite.
      Iren lo miró con una tristeza serena.
      —Y yo quiero creer que alguien ya debería haberlo hecho.
      Desde dentro, la casa volvió a crujir suavemente. Afuera, la ciudad seguía en silencio.
      —Dices que el fin lo justifica —murmuró Iren.
      Sammor no respondió.
      —Pero si para llegar a ese fin tenemos que aceptar todo esto… —continuó Iren—, entonces ese fin ya no es el mismo.
      Sammor levantó la mirada, pero no encontró palabras.
      Y en algún punto de Takome, otra puerta cayó, mientras en esa casa nadie se atrevía a decir el siguiente nombre.

    • korog
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      La lluvia golpeaba los tejados de Takome con una constancia casi tranquilizadora. Casi. Iren cerró la puerta con cuidado y echó la tranca antes de quitarse el abrigo mojado. Sammor ya estaba sentado junto a la mesa, inquieto, jugueteando con una taza vacía entre las manos.

      —¿Has oído algo fuera? —preguntó en voz baja.

      —Nada raro. Solo patrullas.

      “Solo patrullas”. Hacía meses que esa frase había dejado de sonar absurda.

      Saren estaba sentada en el suelo, dibujando figuras torcidas con carbón sobre una tabla vieja. Levantó la cabeza un instante al ver entrar a su padre.

      —¿Puedo salir mañana?

      —Ya veremos —respondió Iren suavemente.

      La niña hizo una pequeña mueca y volvió a concentrarse en el dibujo. Sammor esperó unos segundos antes de hablar otra vez.

      —La reina se está moviendo rápido.

      Iren asintió despacio.

      —Sí. Más rápido de lo que esperaba.

      —Druidas del claro Nyathor, templarios de Poldarn… incluso Eloras. No me jodas, Iren, eso significa que Priis sabe que la situación está podrida.

      Iren se acercó a la ventana y apartó apenas la cortina para mirar fuera.

      —O que ya no confía en que la Cruzada pueda resolverlo sola.

      Sammor bajó automáticamente la voz.

      —No hables tan claro.

      —¿Todavía hacemos eso? —preguntó Iren con cansancio—. ¿Fingir que no vemos lo evidente?

      Sammor miró hacia la puerta antes de responder.

      —Todavía prefiero no dar motivos para que nos escuchen.

      La lluvia llenó el breve silencio.

      —Lo de ser Edrik Valcenne lo ha cambiado todo —dijo finalmente Sammor.

      Iren apoyó los brazos en el respaldo de una silla.

      —Sí.

      —Un cruzado muerto durante una redada… eso era justo lo que todos temían.

      —Y justo lo que algunos llevaban semanas provocando sin darse cuenta.

      Sammor negó lentamente.

      —No creo que quisieran llegar a esto.

      —No hace falta querer algo para empujarlo.

      Sammor suspiró.

      —Aun así… me alegro de que Lord Rilder haya tomado el control del asunto.

      Iren levantó la mirada y, para sorpresa de ambos, asintió.

      —Yo también.

      Ese acuerdo pareció extrañarlos un instante.

      —Nunca pensé que diría eso —admitió Sammor.

      —Ni yo.

      Saren levantó la cabeza.

      —¿Quién es Lord Rilder?

      —Un noble importante —respondió Iren—. Está intentando arreglar algunas cosas.

      —¿Es bueno?

      Iren y Sammor intercambiaron una mirada breve.

      —Creo que está intentando hacer lo correcto —dijo Sammor al final.

      La niña volvió a su dibujo. Sammor se inclinó un poco hacia delante.

      —He oído uno de sus discursos. El de ayer, cerca del distrito central.

      Iren asintió lentamente.

      —Yo también estaba allí.

      —Fue raro escucharle hablar así.

      —¿Así cómo?

      Sammor dudó un instante.

      —Más… contenido.

      Iren soltó una pequeña risa.

      —Lord Rilder contenido. Eso sí que es nuevo.

      —Ya sabes a qué me refiero. Antes todo era “hacer lo necesario”, “mantener el orden”, “no titubear”… —Sammor movió la cabeza—. Ayer parecía más preocupado por cómo se hacen las cosas.

      Iren permaneció callado.

      —Dijo algo sobre Eralie —continuó Sammor, pensativo—. No lo recuerdo exacto.

      —Yo sí —respondió Iren—. Algo sobre que llevamos demasiado tiempo viendo a sus clérigos solo como refugio para los débiles.

      Sammor asintió lentamente.

      —Sí… y luego añadió que proteger a la gente también implica ser justos con ella.

      La habitación quedó en silencio unos segundos. No era una frase especialmente grandiosa. Ni siquiera sonaba importante al repetirla. Y aun así, ambos parecían seguir dándole vueltas.

      —La gente escuchó eso —murmuró Sammor—. De verdad lo escuchó.

      —Porque están cansados —respondió Iren.

      —No solo eso.

      Iren levantó la mirada.

      —Había… no sé. Algo distinto. Como si estuviera intentando poner límites a todo esto sin decirlo directamente.

      Iren asintió despacio.

      —Tal vez porque sabe que decirlo directamente sería partir la ciudad en dos.

      La lluvia golpeó con más fuerza los cristales.

      —Hace unas semanas apoyaba las redadas —dijo Sammor—. No puedo quitármelo de la cabeza.

      —Yo tampoco.

      —Pero ahora parece otro hombre.

      Iren meditó unos segundos antes de responder.

      —No creo que sea otro hombre. Creo que vio demasiado tarde lo que ocurre cuando le dices a cierta gente que el fin justifica cualquier cosa.

      Sammor jugueteó con la taza vacía.

      —¿Y crees que podrá frenarlos?

      —No lo sé. Pero si Priis está buscando apoyo fuera de Takome… supongo que tampoco está segura de que pueda hacerlo solo.

      El silencio volvió a caer. Desde el suelo, Saren habló sin levantar la vista del dibujo.

      —¿Qué es justicia?

      Ninguno respondió enseguida.

      Al final, Iren habló con calma.

      —Hacer lo correcto. Y preocuparse por los demás aunque tengas miedo.

      Saren pensó un instante y asintió como si aquello tuviera sentido suficiente para ella. Luego siguió dibujando. Sammor miró la lluvia al otro lado de la ventana.

      —Es extraño escuchar a nobles y clérigos hablar así ahora.

      —¿Cómo?

      —De justicia. De límites. De responsabilidad.

      Iren apoyó la espalda en la pared.

      —Quizá hacía falta que todo llegara demasiado lejos para que empezaran a hacerlo.

      Sammor dejó escapar una exhalación cansada.

      —Espero que no sea tarde.

      Afuera, Takome seguía húmeda, silenciosa y llena de miedo. Pero por primera vez en semanas, algunos empezaban a preguntarse si proteger una ciudad significaba algo más que simplemente mantenerla en pie.

    • korog
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      La lluvia había desaparecido de Takome. Era extraño. Durante semanas, el sonido de las gotas había servido como refugio contra algo peor: botas, gritos, golpes en puertas. Ahora la ciudad estaba en silencio de otra manera. No un silencio de miedo inmediato, sino de agotamiento. Iren cerró la ventana después de asegurarse de que no había nadie demasiado cerca. Seguía haciéndolo, la costumbre del miedo tardaba en irse. Sammor estaba sentado junto a la mesa, removiendo distraídamente una taza ya fría.

      —Es raro —dijo al fin.

      —¿Qué cosa?

      —No escuchar redadas.

      Iren tardó unos segundos en responder.

      —Sí.

      Saren estaba en el suelo, esta vez jugando con pequeñas figuras hechas de madera. Una tenía una rama atada como si fuera una espada.

      —¿Ya no hay malos? —preguntó sin levantar la vista.

      Ninguno respondió enseguida.

      —Eso dicen —contestó Iren al final.

      Sammor exhaló lentamente.

      —Bueno… parece que esta vez sí era verdad.

      Iren lo miró.

      —¿El qué?

      —La red de espías. La han desmantelado.

      Hubo un silencio breve.

      —Con ayuda de medio continente —respondió Iren.

      —Claro. Los druidas, los templarios, la gente de Eldor, incluso Kattak… No me jodas, Iren, si hasta los halflings de Eloras acabaron ayudando con mensajes y refugios. Si todos encontraron algo, será porque algo había.

      Iren asintió despacio.

      —No digo que no existiera.

      —Entonces admítelo —insistió Sammor—. Ser Aderic Rael tenía razón.

      Iren se apoyó en la pared.

      —Tenía razón en una parte.

      Sammor frunció el ceño.

      —¿Una parte?

      —La red existía.

      —Y él la encontró.

      —Sí.

      —Entonces…

      Iren lo interrumpió con calma.

      —Y también convirtió media ciudad en sospechosa.

      Sammor bajó la mirada.

      —No digo que todo estuviera bien.

      —Porque no lo estuvo.

      El silencio cayó unos segundos.

      Desde la calle llegaban voces normales. Conversaciones normales.

      Takome parecía recordar cómo sonaba la vida.

      —Lo del escribiente fue una vergüenza —admitió Sammor al final.

      Iren soltó una risa seca.

      —¿Una vergüenza? Ese hombre, Corin Hale, acabó confesando hasta que su madre era una vaca.

      Sammor no pudo evitar sonreír apenas.

      —Ya…

      —Y aun así lo dieron por válido.

      —Hubo jurado.

      Iren lo miró fijamente.

      —Hubo miedo. Incertidumbre. Pasotismo. Necesitaban un culpable y dieron con uno que más o menos les cuadraba, sin pararse a pensar las consecuencias para el pobre muchacho. Su único delito era saber leer y escribir.

      Sammor suspiró.

      —Lord Rilder lo permitió.

      —Sí.

      La respuesta llegó demasiado rápido. Eso los sorprendió a ambos.

      —Pero parece que eso le hizo cambiar —continuó Iren—. Creo que ahí entendió lo lejos que había llegado todo.

      Sammor jugueteó con la taza.

      —Dicen que la pelea con ser Aderic fue terrible.

      Iren levantó una ceja.

      —¿La última?

      Sammor asintió.

      —Antes de la redada final. Gritos. En plena sede de la Cruzada.

      —He oído cosas distintas.

      —¿Como qué?

      Iren bajó un poco la voz por costumbre, aunque ya no pareciera necesario.

      —Que Aderic le dijo que se estaba ablandando. Que mientras él hablaba de justicia, la ciudad seguía llena de espías.

      —Yo escuché algo parecido —respondió Sammor—. Que le acusó de no hacer lo suficiente.

      —Y Rilder le respondió que ya había hecho demasiado.

      Sammor permaneció callado.

      —Tiene sentido —dijo al cabo de unos segundos.

      —¿El qué?

      —Que terminaran así.

      Iren lo miró.

      —Aderic era su discípulo.

      —Sí.

      —Y probablemente creyó estar haciendo exactamente lo que Rilder le había enseñado.

      La frase quedó suspendida entre ambos, porque dolía un poco más de lo esperado.

      —¿Crees que Rilder tenía derecho a enfadarse? —preguntó Sammor.

      Iren tardó en responder.

      —Creo que tenía obligación.

      —Pero gracias a ser Aderic terminó todo.

      —Sí.

      —Takome vuelve a ser segura.

      Iren miró hacia la calle y vio como una pareja caminaba tranquila. Nadie se escondía. Nadie bajaba la voz. No tanto, al menos. No toda la gente olvidaba tan rápido. Olvidarían, sí, pero algunas heridas tardarían en sanar en los corazones del Bastión de Plata.

      —Segura —repitió lentamente—. Sí.

      Sammor esperó.

      —Pero no intacta.

      Saren levantó la cabeza.

      —¿Qué es intacta?

      —Cuando algo no se rompe —respondió Iren.

      La niña pensó unos segundos.

      —Entonces Takome sí está rota.

      Ninguno respondió, porque la niña tenía razón. Sammor terminó dejando la taza sobre la mesa.

      —¿Fuiste al discurso?

      Iren asintió.

      —Sí.

      —Yo también.

      Se hizo un pequeño silencio.

      —Nunca le había oído hablar así —dijo Sammor.

      Iren tampoco, aunque recionoció que su discurso había cambiado los últimos días. Lord Rilder no había sonado como un político. Ni siquiera como un noble. Había sonado… cansado, furioso o quizá una mezcolanza de ambas.

      —No recuerdo las palabras exactas —admitió Sammor—. Pero aquello sobre justicia…

      Iren asintió despacio.

      —Dijo algo así como que Takome no podía permitirse olvidar el sufrimiento de su propia gente.

      —Y que habría consecuencias.

      —Sí.

      Sammor tragó saliva.

      —Eso me sorprendió.

      —A mí también.

      Iren permaneció pensativo unos segundos antes de continuar.

      —Y habló de Eralie.

      Sammor asintió.

      —Eso no es raro. Es un devoto del Padre de la Vida.

      Iren se quedó mirando un punto fijo de la pared.

      —Dijo que siempre hemos hablado de Eralie como protector. Como refugio. Como sanador.

      —Sí.

      —Pero lord Rilder también dijo algo distinto.

      Sammor intentó recordarlo.

      —Algo sobre que proteger no sirve de nada sin justicia.

      Iren asintió lentamente.

      —Y que sanar sin responder al daño… no basta.

      Sammor permaneció callado.

      —No lo dijo directamente —continuó Iren—. Pero sonaba a advertencia.

      —¿Contra Aderic?

      —Contra todos. Pero sí, especialmente contra él.

      Saren volvió a hablar desde el suelo.

      —¿Qué es justicia?

      Sammor sonrió apenas.

      —Ya preguntaste eso.

      —Pero nadie me lo explicó bien.

      Iren pensó unos segundos.

      —Supongo que es… hacer lo correcto para convivir en paz.

      La niña asintió como si aquello tuviera sentido suficiente. Luego volvió a sus figuras. Afuera, Takome seguía viva. Más segura, más tranquila, pero también más cansada.

      —¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Sammor al cabo de un rato.

      —¿Qué?

      Sammor bajó la vista.

      —Que ser Aderic consiguió lo que quería.

      Iren tardó en responder.

      —Sí.

      —Y aun así siento que Rilder tiene razón.

      Iren lo observó largo rato.

      —Porque una ciudad no solo tiene que sobrevivir.

      Sammor levantó la mirada.

      —También tiene que poder mirarse al espejo después.

      Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos discutió.

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