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La lluvia golpeaba los tejados de Takome con una constancia casi tranquilizadora. Casi. Iren cerró la puerta con cuidado y echó la tranca antes de quitarse el abrigo mojado. Sammor ya estaba sentado junto a la mesa, inquieto, jugueteando con una taza vacía entre las manos.
—¿Has oído algo fuera? —preguntó en voz baja.
—Nada raro. Solo patrullas.
“Solo patrullas”. Hacía meses que esa frase había dejado de sonar absurda.
Saren estaba sentada en el suelo, dibujando figuras torcidas con carbón sobre una tabla vieja. Levantó la cabeza un instante al ver entrar a su padre.
—¿Puedo salir mañana?
—Ya veremos —respondió Iren suavemente.
La niña hizo una pequeña mueca y volvió a concentrarse en el dibujo. Sammor esperó unos segundos antes de hablar otra vez.
—La reina se está moviendo rápido.
Iren asintió despacio.
—Sí. Más rápido de lo que esperaba.
—Druidas del claro Nyathor, templarios de Poldarn… incluso Eloras. No me jodas, Iren, eso significa que Priis sabe que la situación está podrida.
Iren se acercó a la ventana y apartó apenas la cortina para mirar fuera.
—O que ya no confía en que la Cruzada pueda resolverlo sola.
Sammor bajó automáticamente la voz.
—No hables tan claro.
—¿Todavía hacemos eso? —preguntó Iren con cansancio—. ¿Fingir que no vemos lo evidente?
Sammor miró hacia la puerta antes de responder.
—Todavía prefiero no dar motivos para que nos escuchen.
La lluvia llenó el breve silencio.
—Lo de ser Edrik Valcenne lo ha cambiado todo —dijo finalmente Sammor.
Iren apoyó los brazos en el respaldo de una silla.
—Sí.
—Un cruzado muerto durante una redada… eso era justo lo que todos temían.
—Y justo lo que algunos llevaban semanas provocando sin darse cuenta.
Sammor negó lentamente.
—No creo que quisieran llegar a esto.
—No hace falta querer algo para empujarlo.
Sammor suspiró.
—Aun así… me alegro de que Lord Rilder haya tomado el control del asunto.
Iren levantó la mirada y, para sorpresa de ambos, asintió.
—Yo también.
Ese acuerdo pareció extrañarlos un instante.
—Nunca pensé que diría eso —admitió Sammor.
—Ni yo.
Saren levantó la cabeza.
—¿Quién es Lord Rilder?
—Un noble importante —respondió Iren—. Está intentando arreglar algunas cosas.
—¿Es bueno?
Iren y Sammor intercambiaron una mirada breve.
—Creo que está intentando hacer lo correcto —dijo Sammor al final.
La niña volvió a su dibujo. Sammor se inclinó un poco hacia delante.
—He oído uno de sus discursos. El de ayer, cerca del distrito central.
Iren asintió lentamente.
—Yo también estaba allí.
—Fue raro escucharle hablar así.
—¿Así cómo?
Sammor dudó un instante.
—Más… contenido.
Iren soltó una pequeña risa.
—Lord Rilder contenido. Eso sí que es nuevo.
—Ya sabes a qué me refiero. Antes todo era “hacer lo necesario”, “mantener el orden”, “no titubear”… —Sammor movió la cabeza—. Ayer parecía más preocupado por cómo se hacen las cosas.
Iren permaneció callado.
—Dijo algo sobre Eralie —continuó Sammor, pensativo—. No lo recuerdo exacto.
—Yo sí —respondió Iren—. Algo sobre que llevamos demasiado tiempo viendo a sus clérigos solo como refugio para los débiles.
Sammor asintió lentamente.
—Sí… y luego añadió que proteger a la gente también implica ser justos con ella.
La habitación quedó en silencio unos segundos. No era una frase especialmente grandiosa. Ni siquiera sonaba importante al repetirla. Y aun así, ambos parecían seguir dándole vueltas.
—La gente escuchó eso —murmuró Sammor—. De verdad lo escuchó.
—Porque están cansados —respondió Iren.
—No solo eso.
Iren levantó la mirada.
—Había… no sé. Algo distinto. Como si estuviera intentando poner límites a todo esto sin decirlo directamente.
Iren asintió despacio.
—Tal vez porque sabe que decirlo directamente sería partir la ciudad en dos.
La lluvia golpeó con más fuerza los cristales.
—Hace unas semanas apoyaba las redadas —dijo Sammor—. No puedo quitármelo de la cabeza.
—Yo tampoco.
—Pero ahora parece otro hombre.
Iren meditó unos segundos antes de responder.
—No creo que sea otro hombre. Creo que vio demasiado tarde lo que ocurre cuando le dices a cierta gente que el fin justifica cualquier cosa.
Sammor jugueteó con la taza vacía.
—¿Y crees que podrá frenarlos?
—No lo sé. Pero si Priis está buscando apoyo fuera de Takome… supongo que tampoco está segura de que pueda hacerlo solo.
El silencio volvió a caer. Desde el suelo, Saren habló sin levantar la vista del dibujo.
—¿Qué es justicia?
Ninguno respondió enseguida.
Al final, Iren habló con calma.
—Hacer lo correcto. Y preocuparse por los demás aunque tengas miedo.
Saren pensó un instante y asintió como si aquello tuviera sentido suficiente para ella. Luego siguió dibujando. Sammor miró la lluvia al otro lado de la ventana.
—Es extraño escuchar a nobles y clérigos hablar así ahora.
—¿Cómo?
—De justicia. De límites. De responsabilidad.
Iren apoyó la espalda en la pared.
—Quizá hacía falta que todo llegara demasiado lejos para que empezaran a hacerlo.
Sammor dejó escapar una exhalación cansada.
—Espero que no sea tarde.
Afuera, Takome seguía húmeda, silenciosa y llena de miedo. Pero por primera vez en semanas, algunos empezaban a preguntarse si proteger una ciudad significaba algo más que simplemente mantenerla en pie.