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Capítulo 3. Símbolos olvidados
Aunque le gustaba caminar por las dunas bajo la luz de Velian, su repentina marcha de aquella ‘madriguera’, le había forzado a andar bajo el abrasador sol de Sharframma. Por suerte, siempre contaba con un par de ases bajo la manga, su singular odre sin fondo, lleno siempre de dulce agua de las mesetas de Ferran, y por supuesto, de su singular montura. Como la mayoría de orgos que salen al desierto como exploradores Suhhen fue entrenado para cabalgar a los llamados gusanos de las arenas. Esta especie de gusano gigante puede moverse sin muchos problemas entre las sinuosas dunas de cualquier desierto y se ven atraídas fuertemente por la llamada de los que consideran sus amos. Suhhen alzó su brazo y lanzó el proyectil que Lohonodid, el cazador orgo, se había encargado de enseñar generación por generación. La arena comenzó a agitarse y de sus profundidades surgió uno de estos gusanos. El mago se subió a su lomo y mientras se ajustaba aún mejor su capucha para evitar los rayos del sol se dirigió al único lugar del desierto donde se puede descansar sin tener ningún tipo de problemas, el asentamiento del Gran Oasis de Sharframma.
Pagó unas monedas de safrio a uno de los habitantes solicitando una pequeña cabaña y se instaló en ella. Allí pasó varios días leyendo y revisando todas las notas y símbolos que había sacado de aquellas ruinas antiguas. Ensimismado en una de ellas, como hipnotizado, podía pasar horas y horas observándola, recordando haberla visto en algún lugar, o al menos algo parecido. Sin más pistas, las ideas y recuerdos no llegaban a su mente por lo que lo único que le quedaba por hacer era dirigirse al lugar donde quizás podían ayudarle y orientarle, el majestuoso templo piramidal de Ar’Kaindia. Con suerte encontraría a alguno de los Al’Jhtar y este le daría acceso a sus antiguos grimorios.